jueves, 19 de junio de 2008

Tierna Locura

Fastidiado por los taladros que perforan la pista y de esa maquinaria pesada que irrumpe en la tranquilidad, aquél hombre de barba blanca y de elegante pero sucio terno se prepara para cambiar de ubicación. Pliega una cobija marrón de lana, recoge algunos periódicos y lentamente camina un par de cuadras. Ubica la mirada en un espacio libre en la vereda, se sienta, reposa su cansada espalda en la fachada del colegio Cluney. Observa a la gente pasar, sobretodo a ese efectivo Fénix que está dirigiendo el pesado tránsito en el cruce de las avenidas 28 de Julio y Aramburu; los transeúntes se compadecen de él y le dejan lo posible. Desde pequeños empaques de dulces hasta las famosas ‘yuquitas’ fritas. El hombre no se hace problemas. Recibe agradecido la bendición alimenticia, esa que aunque poco y significativa, le ayuda a disminuir esa sensación de hambre.

El aspecto suele engañar, así como las apariencias.Ya se ha dado cuenta de nuestro asecho. Acompañados de algunos paquetes de galletas y botellas de agua nos acercamos a él, un poco temerosos a ese desconocido que nos mira mientras avanzamos hacia él.Lo saludamos y enseguida otorgamos la pequeña merienda. Agradecido recibe los víveres, cosa que nos llama la atención, puesto a que el hombrecillo se muestra amable. Como quién conversa pidiendo una ubicación inicia nuestro diálogo. Señala hacia el Occidente indicando el mar, respondiendo en dónde ha estado antes de llegar aquí, al lugar en donde está sentado. Dice llamarse José Medina, que es ancashino de nacimiento y que no padece alguna enfermedad mental. ‘He tenido mis documentos en regla, pero los perdí’, manifiesta un poco confundido. No hay cómo comprobar su edad, puesto a que dice tener 26.

Abre cuidadosamente el envoltorio de ‘Margaritas’, saca una y seguido a esto destapa el agua mineral, mientras sucede esto una fémina que trabaja de locutorio urbano se acerca y nos cuenta que vive en San Juan de Lurigancho, que no va a su casa por que no le gusta, prefiere residir con esta gente amable, transeúntes apurados a sus centros laborales y vecinos miraflorinos que a veces lo atienden con agua.

Para ‘Chicho’, como lo conocen los vecinos de la zona, vivir en la calle lo mantiene en libertad, esa libertad por rara que sea, es su libertad.Saca otra galleta mientras termina de pasar una y nos cuenta que estuvo en el año 88 en un centro para mendigos en Chaclacayo y que tocaba guitarra para sus hermanos allá. No dio motivos acerca de su deserción a dicho centro, al parecer está más concentrado en terminar de desayunar, siendo casi el medio día.Cuenta también que ha sido trabajador en EsSalud. Que no ha regresado a su natal Ancash porque se encuentra indocumentado y tiene miedo a ser encarcelado por culpa de tanta violencia concebida en Lima. Le preguntamos porqué se viste con pantalón de vestir y ese blaizer cuadriculado tan bonito que con tanto frío parecen ser muy volubles a los



cambios climatológicos. Se demora en responder, mastica, bebe agua para pasar los alimentos y contesta que es elegante. Luego se queda callado, piensa, se demora un poco, parece haber olvidado algo. Levanta las cejas y dice: “No tengo chompas”.Los transeúntes pasan y dejan a ‘chicho’ caramelos, los guarda para comerlos en la noche, ya que en este meridiano no hay tanta gente. Ubica la mirada frente a nosotros señalando un viejo edificio. Dice que ahí vive su hermano, que no lo visita, no dá un porqué. Se mantiene ocupado comiendo la última galleta, mientras vuelve a destapar otra botella de agua. Chicho es conocido por los vendedores de películas y libros informales. “El pata es tranquilo, no jode a nadie”, nos comenta uno de ellos. Al parecer este hombrecillo está por los cincuenta años, pero su larga barba y su descuidada cabellera datan de más.
Nos despedimos de este personaje prometiéndole regresar, de igual manera y agradecido se despide ‘chicho’ que vuelve a observar a la gente caminar.

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